Hacía mucho desde la última vez que deseaba tanto otra cosa. Digamos que llevaba casi años tan empeñada en conseguir dicha cosa, que había olvidado cualquier otro deseo.
Cada vez que se me caía una pestaña, antes de soplar pedía que mi objetivo se cumpliese, al soplar las velas de cumpleaños, al pasar bajo un túnel, o simplemente antes de dormir, antes de cerrar los ojos; susurraba en secreto. Te desee hasta tal punto de ignorar cualquier otro deseo. Lo cierto es que sí tenía otros objetivos, si que había otras cosas que esperaba con ansia, pero por lo visto eran secundarias. También es que, desearte mil y una veces parecía el único modo de conseguirte, como si sin suerte o sin un milagro jamás se cumpliese mi sueño. Diferenciándose de las demás intenciones, que parecía poder realizarlas yo misma, sin ayudas.
Pues es hoy cuando me doy cuenta de porque te perdí, porque nunca se cumplió mi sueño; por culpa mía, mía y de mi mente. Por desconfíar de mí misma arruiné mi deseo, no me quería, no me veía capaz, por ser yo no lo veía posible.
Así que la conclusión de esto, es que me pasé mucho tiempo deseándote, como si fuerzas poderosas fuesen a otorgarme mi pedido, mas cuanto debí haber hecho, fue confíar en mí y hacerlo por mi cuenta.
No escribo esto porque sí de repente, sino por la lamentable razón de que, fue hace unos pocos días cuando al caérseme una pestaña y al apagar una cerilla, pensé, reecreé un deseo que rompió con la monotonía.
Entonces, aclaro: los deseos no son más que un falso empuje por el camino de la fe.