Tenía once años, una constante tensión familiar en casa y una autoestima con muchísimos altibajos. Pero tenía sueños, muchos sueños: quería ser skater, quería tener un grupo de música, quería ir a un colegio en EE.UU en plan musical, quería vivir sola y que mis padres se fuesen a la mierda, quería hacer surf y tener mechas moradas, quería maquillarme, quería ser mayor, quería cantar. Quería hacer un millón de cosas, y quería ser como mi ídola:
La realidad: empecé a hacer skate con mi primo, no me subí a una tabla de windsurf hasta los 14, nunca me hice mechas moradas, mis padres no me dejaron maquillarme hasta los quince, viví con ellos, a los trece empecé con la guitarra y nunca formé un grupo, estudiar... en mi pueblo. Porque al fin y al cabo, solo eran sueños de una niña de once años.
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