jueves, 10 de julio de 2014

De verde y altos árboles se trataba

No llovía, pero tampoco irradiaba el sol, hacía esa temperatura exacta para decir "estoy a gusto".


Me tocaba tirara a mi. La piedra que más lejos llegase ganaba, y el ganador le daba un trago a la botella de Ron Brugal que había en el suelo. Un trago de aquella bebida asquerosa, a palo seco, como quien bebe alcohol 96*, realmente repugnante. Pero a ellos les gustaba, el grupo que había a mi alrededor disfrutaba con una buena botella de ron y un cigarro en mano. A mi me valía con el cigarro, pero el juego incluía la bebida.
Dejamos a un lado los frondosos árboles, rectos e iguales y comenzamos el regreso. Había sido una tarde entretenida, con la guitarra en mano, las tiendas de campaña, las brújulas y sin cobertura, lo que más me agradaba, pues por una tarde habíamos estado un grupo de jóvenes juntos, sin telefonía móvil, sin mensajes con personas que están a cien kilómetros, y hablando cara a cara sin teclear un segundo.
Por eso nos gusta salir allí, porque desconectas del mundo y el mundo desconecta contigo. Solo un instante en que la naturaleza te brinda su mejor cara y te alegra el día.
Pudimos haber dormido allí, pero uno de nosotros se dejó la comida en casa, y lamentablemente, no estamos entrenados para cazar. Fue bonito oír tres minutos el sonido de los pájaros, el viento y el río, sin voces humanas, sin timbres de whatsapp, sin coches o aviones... Fue bonito saber lo que es la naturaleza en lo más puro y verde de la virginidad del monte.


Y gran día aquel.
Aún así diré, la montaña, los verdes árboles... Es maravilloso, es increíble, y ver el mundo desde la cima, alucinante. Pero tengo claro, que soy una chica de mar. Nací y moriré, por y para el mar, por el agua incolora, por mirar al horizonte y no tener límite, por caer y hundirme, eso sí os lo aseguro, el océano es mi hogar.

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