Dejamos a un lado los frondosos árboles, rectos e iguales y comenzamos el regreso. Había sido una tarde entretenida, con la guitarra en mano, las tiendas de campaña, las brújulas y sin cobertura, lo que más me agradaba, pues por una tarde habíamos estado un grupo de jóvenes juntos, sin telefonía móvil, sin mensajes con personas que están a cien kilómetros, y hablando cara a cara sin teclear un segundo.
Por eso nos gusta salir allí, porque desconectas del mundo y el mundo desconecta contigo. Solo un instante en que la naturaleza te brinda su mejor cara y te alegra el día.
Pudimos haber dormido allí, pero uno de nosotros se dejó la comida en casa, y lamentablemente, no estamos entrenados para cazar. Fue bonito oír tres minutos el sonido de los pájaros, el viento y el río, sin voces humanas, sin timbres de whatsapp, sin coches o aviones... Fue bonito saber lo que es la naturaleza en lo más puro y verde de la virginidad del monte.
Aún así diré, la montaña, los verdes árboles... Es maravilloso, es increíble, y ver el mundo desde la cima, alucinante. Pero tengo claro, que soy una chica de mar. Nací y moriré, por y para el mar, por el agua incolora, por mirar al horizonte y no tener límite, por caer y hundirme, eso sí os lo aseguro, el océano es mi hogar.


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